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DEL POSMODERNISMO PERIODISTICO AL INDELIBLE ESTILO PROPIO
DE ROSA MONTERO EN SUS PRIMERAS TRES NOVELAS
Rosa Montero es lo que yo llamo un autor omnisciente, o sea, ella no sólo nos revela todo sobre los caracteres que ha creado, sino también, por medio de estos caracteres , nos revela a nosotros, a cada uno de sus lectores, unos rasgos de nosotros mismos que antes ignorábamos tener. Es una conocedora tan minuciosa del ánima humana, que parece una investigadora usando lentes, escudriñando los menores detalles del ser humano.
Quizás fuera por su talento de periodista que está reflejándose en la novela, o porque yo fuera tan aficionada a su escritura, o ambas, pero no leo una de sus páginas sin preguntarme cómo ha adquirido tantos conocimientos del universo femenino.
Hay que notar, literariamente, que en sus primeras novelas, hay siempre:
- un personaje del mundo literario, una escritora, de ese modo el texto adquiere conciencia de sí mismo, que es un rasgo determinantemente posmodernista;
- el lenguaje coloquial – maravillosamente empleado – que resulta en un intento de relacionar el mundo literario con lo que en verdad ocurre en el Madrid detrás de las luces, todo narrado con un matiz lúdico (rasgo posmodernista);
- la certitud de que una lectora se reconozca en los más íntimos rincones del carácter femenino que casi siempre es el personaje principal;
- alusiones posmodernistas en igual cuantidad con detalles periodísticos;
Así es que en Crónica del desamor:
“Piensa Ana que estaría bien escribir un día algo. Sobre la vida de cada día, claro está. Sobre Juan y ella.” (p.10)
Por si fuera poco solamente una intención, más adelante tenemos un análisis de lo que va a salir, para que el lector exclame sobre el estilo: ¡Sí, es posmodernista!:
“Para escribir un libro así, se dice Ana con desconsuelo, sería banal, estúpido e interminable, un diario de aburridas frustraciones.” (p.13)
La ironía de Rosa Montero resulta bastante literaria, es decir, padece de la amargura entrañable; es por eso que su estilo se caracteriza por una visión subjetivo-realista de la vida, con detalles periodísticos que conquistan las más secretas esquinas de la fantasía. Su estilo resulta milimétrica y detalladamente exacto y carece de cualquiera vaguedad:
“ex compañero alcohólico, palizas familiares, penuria, económicas, dos hijos, ex amante suicidado, toda una biografía melodramática que pese a ser real semeja invento” (p.20)
A veces, el talento de Rosa Montero se materializa en una metáfora que todos los que han vivido un período dictatorial la conocen y reconocen como un estado de alma general de aquella época:
“(…) el país sudaba frío miedo” (p.22)
El tema general de los libros de Rosa Montero es la relación entre la individualidad y la pluralidad, la complejidad de todo lo que una mujer vive: desde el anhelo de tener un hombre siempre a su lado, de intentar la pareja otra y otra vez hasta adquirir la felicidad – al miedo de quedarse embarazada sin quererlo o la básica soledad al no sentirse querida:
“ese mundo que durante tres años fue plural” (p.31)
El carácter principal de Crónica del desamor sí escribe un libro, empezando con la descripción de un gesto cualquiera, un detalle diminuto que:
“puede ser un buen comienzo para ese libro que ahora está segura de escribir, que ya no será el rencoroso libro de las Anas, sino un apunte, una crónica del desamor cotidiano, rubricada por la mediocridad de ese nudo de seda deshecho por la rutina y el tedio.” (p.246, final)
Aunque encontramos en sus obras a cada paso rasgos característicos del posmodernismo, de vez en cuando nos sorprenden sus metáforas diminutas pero poderosas y exactas:
“fue una sorpresa despertarme ese lunes con la ansiedad atravesada en el estómago a modo de caracol mal digerido.” (p.10,La función Delta)
O, más allá:
“remozaré mi casa y la limpiaré así de la melancolía del recuerdo”
(p.45, La función Delta)
Raramente ocurre que Rosa Montero escriba unas líneas en el tono hipnótico del realismo mágico hispanoamericano que sólo el idioma castellano permite:
“ese olor de miedo que Hipólito dejó en mi casa.” (p.89, La función Delta)
Dentro de la misma novela, La función Delta, una muchacha enamorada- Engracia- se deja tragar por el pantano que está cerca de la casa de su amado y también de la casa de uno de los personajes de la novela, Ricardo, el amigo de la protagonista, Lucía. Es Ricardo el que recuenta después la historia y dice que de hecho, todo le ocurrió a su hermana y que su hermana era Engracia. Pero Ricardo no tuvo hermanas. Ya por fin es Elena, el personaje de la película de Lucía, el mismo personaje de la novela Crónica del desamor que se deja tragar por el pantano. Así que la historia resulta como un laberinto jugoso, como una banda de Möbius, volviendo en el mismo momento, pese a cualquier camino que tomamos.
En Temblor sin embargo, las metáforas del genitivo del realismo mágico aparecen recurrentemente:
“Las brumas del olvido menudeaban” (p.152)
“el aire vibraba el mudo lamento de la derrota” (p.153)
“el magma de la inexistencia” (p.98)
“la niebla del olvido les entumecía los músculos”
Temblor es una leyenda escrita con parágrafos inspirados en los estilos literarios de las últimas tres décadas del siglo veinte, pero generalmente manteniendo un hilo narrativo propio de Rosa Montero, extraño, con algunas oraciones periodísticas, exactas:
“La práctica de la caza, en la que se había hecho experta, fue un aporte sustancial a su existencia.” (p.135)
o definiciones precisas, u oraciones que suenan como definiciones que resultan tan verdaderas que uno acaba por preguntarse si las había encontrado o aún estudiado antes:
“la belleza es la mezcla de lo hermoso y lo terrible” (p.16)
que también ocurre en las tragedias. La novela no carece de lenguaje poético:
“Después el sol se hundió en las nieblas de un horizonte líquido y descendieron las tinieblas” (p.16)
Temblor es una obra fantástica, por unos cuantos rasgos: es una obra llena de símbolos, de leit motivos, esteriotipes lingüísticos, el mito de la (micro)creación, la regeneración del hombre y de la humanidad, el tema del laberinto de Talapot, con tan sólo un detalle científico fantástico: la acción ocurre en un porvenir posguerra nuclear en la tierra.
Veo a Temblor como una situación marca, un intento de plantear problemas humanos y de resolverlos dentro de un mundo donde reina la dictatura. Rosa Montero quiere construir un carácter femenino que contrabalance la larga serie de héroes masculinos de la literatura mundial. Así que empieza con la iniciación según el modelo de Lazarillo de Tormes, una educación dura y penosa que exige sacrificios.
La novela describe un mundo extraño donde solamente las mujeres pueden acceder a los puestos superiores, un mundo matriarcal debido al escasearse el número de los partos y de ese modo las mujeres adquieren la superioridad. En este mundo no hay luz eléctrica, ni otros objetos de técnica y el simple mencionar de estas cosas remotas es tabú. El paisaje desolado pertenece a un mundo del futuro infértil que va borrándose, después de que nuestra civilización hubiera desaparecido a causa de un accidente nuclear, un fallo técnico o un sabotaje, o como consecuencia de una guerra nuclear. Sobrevivieron sólo los que estaban en el espacio cósmico en el momento de la catástrofe que había fundido todo en la superficie del planeta, dejando una cosecha de vidrios resplandecientes que mas tarde se llamarán ‘cristales’ y adquirirán gran papel en la acción de los que quieren apoderarse del mando del planeta basándose en los prejuicios de la gente. Sólo que, fragmentos de este mundo empiezan a borrarse, a desvanecerse al olvido. Es precisamente Agua Fría, la heroína de la novela, quien, después del aprendizaje en Talapot, emprende un camino largo, adquiere experiencia, se vuelve más sabia, más generosa y más fuerte, anda hacia el borde de la muerte y conoce el amor y va a salvar el mundo también con un sacrificio, el de su marido Zao.
Temblor es un libro cuyo hilo épico-narrativo se asemeja a la banda de Möbius, único, logrado, labrado, tallado y hermoso, una obra maestra sobre como el poder absoluto hace que el mundo acabe envenenado; sobre como la gente puede ser atrapada por los prejuicios; es el símbolo del poder humano sobre otros seres humanos; es un símbolo del eterno deseo humano de perdurar, de vencer, de conquistar; una reflexión sobre la vida y la muerte, tan pulcra como el recuerdo que nace dentro de la mente del lector de La función Delta cuando, al final, Lucía, justamente antes de morir, mezcla los rasgos principales de todos los hombres que ella ha amado durante su vida, mostrando que acaso, sólo el sentimiento de amor perdura es aún más importante que las historias que vivimos.
Bibliografía:
· Rosa Montero, Crónica del desamor, Plaza & Janés Editores, Barcelona, 1995;
· Rosa Montero, La función Delta, Plaza & Janés Editores, Barcelona, 1995;
· Rosa Montero, Temblor, Seix Barral, Barcelona, 1994.
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